Una investigación doctoral desarrollada en el Laboratorio de Planificación Territorial de la Universidad Católica de Temuco (LPT-UCT) advierte que la expansión urbana, la presión inmobiliaria, la consolidación forestal y la pérdida de suelos agropecuarios están transformando los territorios montañosos de la región. El estudio propone integrar la ciencia, el conocimiento local y la planificación territorial para anticipar escenarios para el año 2050.
Las montañas de La Araucanía no son solo paisajes de alto valor natural y turístico. Son también espacios habitados, productivos, culturales y estratégicos para el futuro regional. En ellas se concentran bosques nativos, cuencas de agua, comunidades rurales, prácticas tradicionales, áreas protegidas, volcanes, lagos y localidades que hoy enfrentan una presión creciente por el cambio climático, la expansión urbana, el turismo, los loteos rurales y la transformación de las actividades productivas.
La investigación realizada por el Dr. Oliver Valdivia Orrego enmarcada en el programa de Doctorado en Ciencias Agropecuarias de la Universidad Católica de Temuco junto con el proyecto ANID-Fondecyt regular 1221931 analizó estos cambios en comunas de montaña de La Araucanía, entre ellas Villarrica, Pucón, Cunco, Vilcún, Curacautín, Lonquimay, Curarrehue y Melipeuco. El estudio examinó la evolución de los usos del suelo entre 1994, 2007 y 2017, proyectó tendencias hasta 2050 y las contrastó con escenarios participativos elaborados junto a actores locales y municipales. El propósito fue observar no solo cómo está cambiando el territorio, sino también cómo los propios actores imaginan, advierten y priorizan sus posibles futuros.
Los resultados muestran una tendencia clara: las superficies urbanas y forestales aumentan, mientras que disminuyen las praderas, los suelos agrícolas, los matorrales y los humedales. Esta transformación no ocurre de la misma manera en todas las comunas. En Pucón y Villarrica, por ejemplo, predominan las presiones asociadas al turismo, a la expansión inmobiliaria y al crecimiento de los asentamientos. En territorios como Lonquimay y Curarrehue, en cambio, aparecen con mayor fuerza la reconversión productiva, la presión sobre los corredores ecológicos y la necesidad de proteger los sistemas rurales e interculturales que sostienen las formas de vida locales.
El Dr. Fernando Peña Cortés, quien es el director del Laboratorio de Planificación Territorial (UCT-LPT) y profesor guía de la tesis doctoral, plantea que uno de los aportes centrales del estudio es incorporar la percepción de quienes conocen y viven el territorio. A través de escenarios participativos para 2050, los actores locales identificaron riesgos asociados a incendios forestales, sequías estivales, pérdida de bosque nativo, reducción de la disponibilidad hídrica, aumento de la escorrentía, crecimiento disperso de viviendas y expansión de caminos o asentamientos en zonas expuestas. Estas preocupaciones muestran que la planificación no puede limitarse a definir límites urbanos o clasificar usos del suelo desde una oficina central; debe dialogar con la experiencia cotidiana y con el conocimiento situado de las comunidades.
La evidencia también plantea una alerta para la política pública. Si las tendencias actuales continúan sin una orientación territorial más clara, algunos paisajes de montaña podrían avanzar hacia una mayor fragmentación, una pérdida de conectividad ecológica y una mayor presión sobre los servicios ecosistémicos fundamentales, especialmente el agua, los humedales, los bosques y los suelos productivos. En este sentido, ordenar el territorio no significa detener el desarrollo, sino conducirlo con criterios de sustentabilidad, prevención de riesgos y equidad territorial.
La investigación propone lineamientos para contener la expansión dispersa de loteos y asentamientos, fortalecer la conectividad ecosistémica, resguardar áreas rurales estratégicas, incorporar criterios de riesgo y capacidad de servicios en la planificación comunal, y mejorar la coordinación entre instrumentos comunales, intercomunales y regionales. También enfatiza la necesidad de una gobernanza territorial más participativa e intercultural, capaz de reconocer que las montañas no son espacios vacíos disponibles para cualquier uso, sino territorios complejos donde convergen naturaleza, cultura, economía y memoria.
Pensar La Araucanía para 2050 exige mirar hoy sus montañas con mayor responsabilidad. La región necesita instrumentos de planificación capaces de anticipar conflictos, proteger sus ecosistemas y orientar el crecimiento antes de que las transformaciones sean irreversibles. La ciencia puede aportar modelos, datos y escenarios; las comunidades, conocimiento local, memoria y visión de futuro. El desafío es integrar ambas dimensiones para que el desarrollo de los territorios de montaña no solo sea posible, sino también justo, sostenible y coherente con la identidad regional.

